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Diccionario Bibliográfico: Moquegua en el Bicentenario

dc.contributor.authorCasanova Vélez, Víctor Lino
dc.contributor.editorFondo Editorial - Universidad Nacional de Moquegua
dc.date.accessioned2026-03-12T13:30:03Z
dc.date.available2026-03-12T13:30:03Z
dc.date.issued2024
dc.description.abstractLa conclusión, luego de leer la bibliografía histórica peruana referida al Bicentenario de la Independencia del Perú, y de apreciar el silencio que hubo sobre los patriotas moqueguanos en las actividades oficiales celebratorias del Bicentenario Nacional 1821-2021, es suponer que la región Moquegua no tiene protagonistas de la gesta por la Emancipación del Perú; es decir, nadie que merezca destacarse. Incluso, la figura del Mariscal Domingo Nieto, reconocido como Prócer de la Independencia, ha sido opacada. Otras ciudades festejaron el Bicentenario Nacional y, en su mo¬mento, también han recordado bicentenarios importantes de su historia local: El fusilamiento de Melgar, en Arequipa, 2014; Revolución de Zela en Tacna, 2012; Ub¬alde en Cusco, 2005; Paillardelli en Tacna, 2013; o Crespo y Castillo en Huánuco, en 2013. El realce dado a sus héroes ha tenido repercusión nacional. En los actos celebratorios realizados en Moquegua con motivo del Bicentenario de la Independencia del Perú, no se ha dado merecido lugar a sus patriotas luchadores, por ella y el Perú, como: Juan Vélez de Córdova, Manuel Ubalde, Nicolás y Bárbara del Alcázar, los hermanos Bernardo y Tomás Landa, los jóvenes Bravo y Eyzaguirre, los presbíteros José María Delgado e Ylario Hurtado, el Patriarca de Moquegua don Agustín Zapata, doña Juana Manuela Recabarren y cientos de moqueguanos y mo¬queguanas que sacrificaron vida y bienes por lograr el Perú libre que nosotros goza¬mos. Ingratos somos, los hemos olvidado; lo peor es que no sabemos quiénes son. No se aprovechó de esa oportunidad para resaltar a don Domingo Nieto Márquez quien, desde los 17 años, aún menor de edad, arriesgó su vida por nuestra indepen¬dencia, y fue su orgullo afirmar que nunca en su vida militar peleó bajo banderas del Rey de España, como sucedió con otros militares que llegaron a la Presidencia del Perú republicano. A nuestro prócer del Bicentenario que descansa en el Panteón de los Próceres, y a los demás personajes, los hemos olvidado porque: No tenemos identidad, por falta de conocimiento y de voluntad para cambiar. ¿Están en la memoria colectiva moqueguana otros íconos históricos? No. A Maria¬no Lino Urquieta, multitudes lo lloraron en Arequipa durante su sepelio; les dolía la partida de un paisano. A Moquegua, su cuna natal, la representó un solo personaje, Atilio R. Minuto. No saben en la región que, personajes de grandes méritos son moqueguanos: Juan Gastó, héroe nacional de Huamachuco; Aníbal Alayza, Vitaliano Becerra y Manuel Zeballos, héroes de Arica; doctor Manuel Abastos, padre del De¬recho Penal; doctor Francisco Almenara Butler, pionero de la enseñanza de la Pedia¬tría en el Perú. Mercedes Cabello Llosa, primera novelista del Perú y precursora en la defensa de los derechos de la mujer, yace olvidada en el Cementerio Presbítero Maestro de Lima; no se valora la dimensión literaria de Amparo Baluarte, Andreina Rivera o Rosalía Zapata. En el cementerio local descansan Amparo Baluarte, Rosalía Zapata, Manuel Zeballos, Ricardo de la Llosa y Juan Luis Pacheco de Céspedes. ¿Se acuerdan de ellos? Casi nadie. Paradójicamente, personajes ajenos a la historia y progreso de Moquegua, bau¬tizan nuestros lugares. Muestras, un montón: Ningún centro de salud regional perenniza en su nombre, el homenaje a destacados médicos moqueguanos; en el colmo de la ignorancia, el Municipio Provincial de Mariscal Nieto bautiza a uno de esos centros como Mercado Central. La misma ausencia de moqueguanidad su¬cede con los nombres de nuevas urbanizaciones y sus calles. Paradójicamente, se encuentran personajes ajenos a la historia y progreso de Moquegua: La provincia General Sánchez Cerro recuerda a un militar piurano que en Moquegua no tiene sentido. En 1936, con la protesta solitaria de don Carlos Alberto Fernández Dávila, a nombre de la Sociedad de Artesanos de Moquegua, se impuso su nombre por intereses partidarios de la época. El general Enrique López Albújar Trint, militar limeño, sin relación con Moquegua, bautiza la principal urbanización del distrito de San Antonio. El centro poblado de Chen Chen será bautizado como distrito Antonio Brack Egg, ecologista oxapampino. Nos falta identidad moqueguana, por desconocimiento. Tiene actualidad el reproche del investigador y periodista moqueguano Armando de la Flor Arguedas quien, en el semanario La Reforma, 1921, nos echa en cara: Una espesa capa cubre todas las rendijas de ese cuerpo santo y bendito, y poco o nada sobresale de su superficie, que dure algún tiempo, choques que no dan fuego, riñas que esterilizan ¿En dónde está el monumento de agradecimiento de Moque¬gua, debió erigir al mártir Ubalde? ¿En dónde una columna para Domingo Nieto, el bravo siempre grande? ¿Por qué no vemos siquiera, los retratos de él (sic) coronel Juan Gastó y de Vitaliano Becerra, que rindieron su vida por la patria? Manuel Zeva¬llos, Manuel Cabello y otros se baten como los buenos, por la patria… ¿En dónde está la placa conmemorativa de esos hechos, de esos nombres? ¿Por qué la ingratitud y el olvido han vencido a la gratitud y al recuerdo de estos personajes moqueguanos? Tomemos como referencia a países vecinos y otros del Primer Mundo. Allí, su políti¬ca de gestión de la memoria colectiva y, por ende, la identidad cultural, es agresiva, haciendo de cada acto de la vida diaria una oportunidad para revitalizar su perso¬nalidad colectiva básica, sentido de pertenencia, y el orgullo de ser quienes son, ante el mundo. Los medios utilizados son los contenidos educativos y los medios de comunicación que recuerdan, valoran y difunden las obras de sus personajes icónicos; son los que respetan sus creaciones culturales a lo largo de su historia y sus propias tradiciones; son los que dan a conocer su territorio y sus riquezas; y, fi¬nalmente, aquellos que resaltan su importancia geopolítica en el mundo. Todo este acervo cultural constituye su orgullosa carta de presentación mundial y pueden decir: ¡Nosotros!, ¡Nuestro! El sepelio de Isabel II fue ocasión para los ingleses, de lucir las tradiciones y la identidad inglesas, conservadas con celo, por siglos. En 1978, el Club Departamental Moquegua, en Lima, publicaba una conferencia del doctor Juan Scarsi Valdivia, donde afirmaba: junto a estas cuatro figuras sobresalientes de nuestra historia espiritual (Nieto, Ur¬quieta, Mariátegui y Mercedes Cabello) hay una pléyade de profesionales distin¬guidos, educadores, escritores a ratos, políticos, militares, sacerdotes, filántropos y personajes anónimos, confundidos en la masa laboriosa, quienes nos dejaron un sendero abierto, una sentencia, un ejemplo, una enseñanza o una preocupación, exteriorizada siempre en el cariño a la tierra que meció nuestra cuna. ¿Quiénes eran estos personajes? Tenía un conflicto cognitivo; por entonces, los des-conocía. La investigación, en múltiples fuentes impresas y virtuales, me mostraron el Currículo Oculto de Moquegua. Scarsi tenía razón, sí existía esa pléyade de perso¬najes distinguidos; pero, ¿porque no eran conocidos? Este desconocimiento tiene como causa externa a las oleadas de migrantes que, llegados a Moquegua con sus propios valores culturales, son indiferentes a la cultura del nuevo lugar donde viven; ese mismo migrante, cuando visita su lugar de origen, exalta en grado superlativo la cultura que considera suya y con la que se identifica porque la aprendió desde niño en su casa familiar. En Ilo, pequeña caleta de pescadores en los cuarentas, se dio el fenómeno social en que su población se triplica por las oleadas de migrantes llegados al puerto, principalmente del altiplano puneño, producto del boom de la pesca y la minería, en la década del 60. Era evidente que la gente migrante importa sus costumbres y las de los ileños se refugian, hasta casi desaparecer, de allí surge la expresión “Ilo no tiene historia” (Adriazola, 2020, p.16). La causa interna de esta carencia de identidad se descubre al investigar tanto los textos oficiales del sistema educativo nacional, vigente y anteriores, aprobados por el Ministerio de Educación y usados en Moquegua; como el Diseño Curricular Bá¬sico Nacional, y los Diseños Curriculares Regional y Local, que debieron ser diver¬sificados por el magisterio de la región Moquegua. El resultado es que no están considerados como contenidos de aprendizaje. nuestros personajes, los que por sus méritos sí están en las páginas de nuestra historia nacional. Es decir, el DCN, dise¬ñado por el Ministerio de Educación con criterios y contenidos limeño-centralistas, en Moquegua no se había diversificado en la dimensión que debía tener, para dar origen al Diseño Curricular Regional y Local diversificados en los que se debieron insertar contenidos de nuestra herencia histórico-cultural. El sector educación re¬gional justifica la poca diversificación en el área de Ciencias Sociales afirmando que no se investiga y, en consecuencia, no hay a la mano, fuentes materiales impresas apropiadas, en las cuales basarse; era más sencillo tomar contenidos y programar actividades educativas copiando el DCN del Ministerio de Educación en el que Mo¬quegua es zona marginal y no interesa. Si le dedican atención, son cuatro renglones. En conclusión, no se impulsa el desarrollo de la identidad moqueguana por indife¬rencia del fuereño, pasividad e ignorancia del local, la disculpa magisterial de falta de fuentes apropiadas y la apatía de sus autoridades demostrada en su poco interés por solucionar el problema. El resultado es la memoria colectiva vacía de persona¬jes emblemáticos y la débil identidad moqueguana. Por la limitada enseñanza aprendizaje de lo Nuestro tenemos una visión muy limi¬tada de nuestra realidad, de nuestra historia y sus personajes, con consecuencias funestas: La identidad moqueguana es epidérmica y tan efímera que solo se en¬fervoriza en las fechas de aniversario de fundación española, el 25 de noviembre, el resto del año es silencio. No nos interesa conservar y resaltar lo nuestro, antes bien, lo destruimos y copiamos lo fuereño. En el 2021, se comprueba esta realidad cuando el patriotismo por el Bicentenario de la Independencia duró el mes de julio y el resto del año fue apático; esta celebración se centralizó en Lima y en el 28 de julio de 1821, olvidándonos que la independencia es un proceso, iniciado en 1739 y termina en 1825, en el que participó el Perú entero. En esta pendiente, estamos condenados a desaparecer. Lamentablemente, un pueblo sin historia es pueblo sin memoria, y está condenado a repetir dos veces, el mismo error. Será el poder dominante quien escriba su his¬toria, silenciando aquello que no vaya con sus intereses, ninguneando o desapare¬ciendo lo demás. Winston Churchill afirmó que, la historia es escrita según la visión de los ganadores, dinámica que siempre se ha dado en la historia de la humanidad. Los griegos, romanos, españoles, estadounidenses, ingleses, europeos en general y los propios incas escribieron su historia etnocéntrica, según la cual ellos son el éxito y la cultura modelo; los demás pueblos son bárbaros y su cultura despreciable, inci¬vilizada y debe desaparecer. En esta dinámica, el conquistador Pedro Pizarro afirma en su Crónica que, Pizarro es la civilización y Atahualpa, la barbarie; Víctor Andrés Belaunde considera a Francisco Pizarro como el primer peruano y lo anterior a él no importa. Este es el denominador común de todos los imperios del mundo: Quitarle valor a la cultura local. Robert Jaulin, 1970, al crear el concepto de Etnocidio, entendido como el proce¬so que tiene como objetivo la destrucción sistemática del modo específico de vida (técnicas de subsistencia y relaciones e producción, sistema de parentesco, orga¬nización comunitaria, lengua, costumbres y tradiciones) de los pueblos diferentes, nos permite comprender que los historiadores españoles ocultan la historia negra de la colonia, tanto el genocidio indígena en las mitas mineras y los obrajes, como el etnocidio llevado a cabo en las reducciones indígenas implantadas por el virrey Toledo. La Extirpación de las Idolatrías, practicada por la Iglesia Católica con el fin de un supuesto adoctrinamiento, en realidad era un etnocidio que buscaba destruir la cultura nativa ancestral, el abandono obligatorio del idioma, usos y costumbres de la colectividad. Fuera del Perú, España exterminó a los más rebeldes, los Caribes. En la América del Norte la situación no fue diferente con los nativos, exterminados, expulsados de sus tierras ancestrales, discriminados por raza, cultura y encerrados en pobres reservaciones indias. Estos hechos se borraron de la historia oficial, en¬cargada de exaltar la cultura anglosajona de las etnias blancas, donde el coronel Custer fue el héroe sacrificado y el jefe Toro Sentado fue el indio salvaje y sangui¬nario. En el caso de Canadá, la política etnocida inglesa, permaneció escondida en su historia por siglos; el hallazgo casual de dos centenares de tumbas anónimas de niños nativos, en 2021, sacó a la luz la desgracia de más de 150, 000 niños indios arrancados por la fuerza de sus hogares para vivir en las Escuelas Residenciales In¬dígenas. Éstas eran internados estatales establecidos como parte de la política del estado canadiense, para asimilarlos por la fuerza a la cultura blanca europea, domi¬nante; la Iglesia Católica administraba estos centros de castración cultural donde a los niños secuestrados se les prohibió expresarse en su lengua originaria, debiendo hacerlo en francés o inglés, vestir a la europea, no practicar su cultura, olvidar sus valores religiosos propios y su historia; las desobediencias eran castigadas con se¬veras penas que incluían maltratos físicos o abusos sexuales. Se calcula que más de 6,000 niños fallecieron y fueron enterrados en tumbas clandestinas. La nueva historia dará voz a los vencidos y la palabra a los silenciados. La tendencia globalista dominante considera trasnochada la teoría de desarrollar identidad cultural en los países del Tercer Mundo, basada en que no es factor de unión sino generador de conflictos entre pueblos. Sostiene que, el mundo del siglo XXI es una aldea global que debe globalizarse aún más, para incluir los aspectos re¬ligioso, político y cultural; así lo exige el progreso. Ya se ha globalizado la tecnología, ciencia, economía, comunicaciones, finanzas, deportes, comercio, turismo, tecno¬logía educativa, moda, artes, armas, gastronomía, ingenierías y otras actividades económicas. Para nadie es un secreto que, ningún estado de los que hoy ostentan el poder mundial y buscan acrecentar su hegemonía futura, comete el craso error de ignorar los méritos de su propia gente, descuidar sus archivos o destruir su propia identidad cultural, sus tradiciones y personalidad básica, antes bien, han resaltado lo suyo y con orgullo lo muestran en todas sus actividades. La razón es simple: En este proceso, hay globalizantes dominantes y globalizados dominados, a quienes se les impone la cultura dominante, previa destrucción de su cultura. ¿Estamos desfasados por el afán de conocer, valorar, conservar y difundir nuestra herencia cultural moqueguana, dentro de la identidad cultural peruana? Miguel de Unamu¬no nos responde que podemos armar nuestras esperanzas usando recuerdos. No olvidemos que silenciando lo nuestro, seremos absorbidos por los más poderosos; sin sentido de pertenencia, no hay identidad cultural propia, no somos nosotros; somos algo. En conclusión, lo que no tenemos en Moquegua es Identidad, entendida como el conjunto de rasgos colectivos que hacemos nuestros porque nos caracterizan fren¬te a los demás pueblos. También se la conceptúa como un conjunto de valores, tradiciones, símbolos, creencias y modos de comportamiento que funcionan como elemento cohesionador dentro de un grupo social y que actúan como sustrato para que los individuos que lo forman puedan fundamentar su sentimiento de pertenen¬cia. Xavier Albó considera que la identidad empieza en el plano personal cuando conocemos y autoaceptamos nuestra persona. Enseguida, se produce la “expansión social natural al sentirse parte del grupo social básico, un nosotros”. (Alba, 1999, citado en Diálogo Andino N° 68, 2022, Arica). La identidad cultural no es innata; se desarrolla en un ambiente positivo y muere por etnocidio cultural. Para tener identidad debemos: conocer, valorar, conservar y difundir lo propio, hasta reconocer lo Nuestro. En la primera etapa, se hacen activi¬dades para conocer la herencia histórica recibida, a través de los agentes socializan¬tes de primer orden: La familia, la escuela, los medios de comunicación, y a través de las investigaciones sobre las realidades geográfica, socio-económica, histórica y cultural (Este Diccionario sirve en esta etapa). La segunda etapa es consecuen¬cia de la anterior: Nadie quiere lo que no conoce. Lo conocido es valorado, en su singularidad, su importancia actual y trascendencia futura, lo hacemos nuestro, lo interiorizamos (Esa cultura nos pertenece); cuando sucede esto, se ha logrado Sen¬tido de Pertenencia, elemento cohesionador de un pueblo porque lo caracteriza y le da orgullo. En la tercera etapa se afianza nuestra voluntad de respetar y el deseo imperioso de conservar nuestra herencia histórica que pertenece a nuestros hijos y nietos. Finalmente, el corolario es la cuarta etapa caracterizada por la agresiva política de difundir las fortalezas de lo nuestro y hacer conocido lo que somos y tenemos, a través de nuestras relaciones con otros grupos sociales del país y del mundo. Queremos lucir nuestra carta de presentación, aquella que nos da orgullo, nos hace diferentes y a veces únicos. El Diccionario Biográfico: Moquegua en el Bicentenario tiene como objetivo final lograr nuestro sentido de pertenencia como factor cohesionante que nos permi¬tirá decir con orgullo: “Nosotros los moqueguanos...”. No diremos, por ejemplo, el Mariscal Nieto, sino Nuestro Mariscal Nieto, el Quijote de la Ley, ejemplo de vida personal y ciudadana. El contenido del Diccionario se formado según varios parámetros: Siempre será una relación incompleta de biografías de personajes; serán futuros investigadores los que descubrirán nombres y hechos de muchos hombres y mujeres de valer, hoy escondidos en líneas de fuentes aun no estudiadas. Se incluye personajes nativos de la región y foráneos, anteriores y actuales, cuyo denominador común sea haber hecho algo por Moquegua. No es solo una lista de personajes muertos; en él se incluye a personas destacadas en diferentes campos de la actividad social que, aún están en actividad y hacen el nuevo nombre de Moquegua. Se anotan méritos y cualidades reconocidas por todos, dejando de lado los defectos personales porque estos son inherentes a toda persona humana. Todos los personajes citados deben ser conocidos y valorados por la comunidad local, regional y nacional porque” …los tesoros espirituales de Moquegua son inagotables y ellos constituyen el verdadero abolengo por el cual tenemos que enorgullecernos y por esos tesoros sentimos vi¬brar en nuestros corazones el esforzado espíritu gigante de quienes escribieron pá¬ginas de oro con su vida, su palabra y sus hechos dignos del más elevado de los encomios…”, afirma el doctor Scarsi. Bajo estas líneas matrices, el Diccionario Biográfico: Moquegua en el Bicentenario no es la añoranza pasadista de nuestros antepasados y sus obras, no nos aísla de los problemas del presente y antes bien, aumenta las preocupaciones por nuestro futuro. En sus páginas se encontrarán no solo las buenas decisiones de los coterrá¬neos, sino también, aquéllas que a la larga nos hicieron perder el tren de la historia, y de ser un pueblo progresista, pasamos al margen del Perú. El Diccionario debe mostrarnos lo que hemos sido y lo que no hemos sido por nuestros errores, para construir la Moquegua de los hijos y nietos, basado en las palabras del doctor Juan Scarsi que la enseñanza de su pasado es un medio esencial para fundamentar su propia identidad y fortalecer su espíritu…la visión del pasado nos empuja a la con¬quista del porvenir. Si bien, se han publicado magníficos Diccionarios Biográficos en el Perú, donde el primero es el de Manuel de Mendiburu, seguido de Milla Batres y Tauro del Pino; también hay diccionarios de esta naturaleza en Arequipa y Tacna. Esta obra aspira a ser la primera de los diccionarios biográficos de Moquegua. Su raíz está en la se¬parata impresa en esténcil, 1989, con un tiraje de 100 ejemplares; posteriormente se imprimió el diccionario de 1997, y las separatas espiraladas de 2011 y 2013. Hoy, nace este Diccionario, en formato de libro impreso. La conmemoración del Bicentenario de nuestra independencia no ha terminado; ella fue un proceso entre 1739 y 1825. El Diccionario aspira proporcionar insumos para los bicentenarios que se acercan: Las batallas de Torata y Moquegua, 1823; la segunda proclamación de nuestra independencia, julio 1823; la Batalla de Junín, agosto de 1824; la Batalla de Ayacucho, diciembre 1824; la tercera y definitiva pro¬clamación de nuestra independencia, marzo 1825; y el reconocimiento de Juan Vé¬lez de Córdova como precursor de la independencia nacional. Todas ellas son fechas importantes del calendario patriótico de Moquegua que nos permitirán conocer, valorar, cuidar y enseñar con orgullo, páginas gloriosas de nuestra historia y forta¬lecer la Identidad, para que no vuelva a suceder lo mismo que el Bicentenario del Fusilamiento del Caudillo Bernardo Landa, el 20 de julio 1822, ignorado por autori¬dades y el pueblo de Moquegua. El prócer don Francisco Javier Mariátegui Tellería, bisabuelo de nuestro Amauta, afirmaba “…el historiador debe dar a cada uno y no darle al Protector todas las glorias, defraudando al que las merece…”.
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dc.identifier.isbnurn:isbn:978-612-4466-18-2
dc.identifier.urihttps://hdl.handle.net/20.500.14655/723
dc.language.isospa
dc.publisherUniversidad Nacional de Moquegua. Fondo Editorial
dc.publisher.countryPE
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dc.rights.urihttps://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/
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